Euro-Office llega a Europa y LibreOffice ya tiene algo que decir.

Publicado el 10 de junio de 2026, 14:26

Justo antes de que Euro-Office abra las puertas, la organización detrás de LibreOffice ha levantado la mano para cuestionar parte del discurso que rodea al proyecto. No es un ataque frontal, pero tampoco es un aplauso. Es una conversación que llevaba tiempo pendiente sobre qué significa realmente eso de la soberanía digital europea. Euro-Office se presenta como la respuesta europea a gigantes como Microsoft 365 o Google Workspace. Detrás del proyecto hay nombres conocidos en el ecosistema tecnológico del continente, como IONOS y Nextcloud, y el mensaje que traen es claro: una herramienta europea, de código abierto, diseñada para que las empresas y administraciones del continente dejen de depender de plataformas estadounidenses.

Hasta aquí, todo suena muy bien. El problema es que The Document Foundation, la organización sin ánimo de lucro que mantiene LibreOffice, considera que ese relato tiene algunos agujeros. En una carta abierta publicada pocas horas antes del lanzamiento oficial, señalan que presentar Euro-Office como la primera suite ofimática europea de código abierto ignora décadas de historia. OpenOffice.org, y después LibreOffice, llevan años siendo exactamente eso: software ofimático europeo, libre y de código abierto. No es un detalle menor. Pero más allá de quién llegó primero, la discusión de fondo es bastante más interesante.

Aquí es donde la cosa se pone más densa, pero merece la pena seguirla. Euro-Office no es un desarrollo desde cero. Se construye sobre ONLYOFFICE, una suite que ha ganado popularidad precisamente por hacer algo muy bien: abrir y guardar documentos en formatos DOCX, XLSX y PPTX con una fidelidad muy alta. Vamos, que si alguien te manda un Word, lo ves prácticamente igual que en el Word original. Eso es una ventaja enorme en el mundo real. Las empresas no pueden permitirse que una oferta comercial llegue con el formato roto o que una presentación se descuadre al abrirla. La compatibilidad con los formatos de Microsoft no es capricho, es una necesidad operativa para cualquier organización que trabaje con clientes y proveedores externos. Pero The Document Foundation señala un problema conceptual en ese enfoque. Si el objetivo declarado es la soberanía digital, es decir, reducir la dependencia tecnológica de terceros, construir esa independencia sobre los formatos propietarios de Microsoft es como mudarte de casa para huir del casero y llevarte todos los muebles de él. Sigues dependiendo de sus decisiones, de sus actualizaciones, de su criterio sobre cómo debe ser un documento. El estándar que LibreOffice lleva años defendiendo se llama ODF, Open Document Format. Es un formato abierto, definido por un organismo internacional independiente, que en teoría garantiza que cualquier software pueda leer tus documentos sin que ninguna empresa privada tenga la llave. Es la filosofía opuesta: primero el estándar abierto, y a partir de ahí la compatibilidad con los demás formatos como una capa adicional, no como el núcleo del producto.

El debate que abre esta situación no tiene una respuesta cómoda, y es importante que lo entiendas en su complejidad. The Document Foundation tiene razón en señalar que la independencia tecnológica real requiere estándares abiertos como base. Si mañana Microsoft decide cambiar algo en cómo funciona el formato DOCX, y lo ha hecho antes, todos los productos que dependen de esa compatibilidad quedan a su merced. Pero también es cierto que hay una realidad práctica que no se puede ignorar. Decirle a una PYME o a una administración pública que adopte ODF como formato principal implica convencer también a todos sus proveedores, clientes y colaboradores. Y eso, hoy por hoy, es una batalla que se gana muy despacio. Mientras tanto, los documentos en DOCX siguen llegando a diario. Euro-Office apuesta por el pragmatismo: reducir la fricción del cambio ofreciendo una experiencia lo más parecida posible a lo que la gente ya usa. Es una estrategia válida para conseguir adopción masiva a corto plazo. El riesgo, como advierte The Document Foundation, es que a largo plazo eso no resuelva realmente el problema de fondo.

Hay una frase en la carta abierta de The Document Foundation que resume bien toda la discusión: la independencia tecnológica no depende únicamente de dónde venga el software, sino también de los estándares y formatos sobre los que se construye. Es un punto que vale la pena que te lleves contigo. En el debate sobre soberanía digital, tendemos a fijarnos en las etiquetas, si el software es europeo, si la empresa es europea, si los servidores están en Europa. Todo eso importa, pero no es suficiente si por debajo siguen corriendo formatos y estándares que controla alguien más. Euro-Office puede convertirse en una herramienta útil y relevante dentro del ecosistema europeo de software. Que The Document Foundation haya decidido señalar estas contradicciones antes incluso del lanzamiento no es una mala señal: es exactamente el tipo de debate que hace que las iniciativas mejoren. Ahora queda por ver si los responsables del proyecto escuchan. La conversación sobre qué significa realmente ser independiente en el mundo digital acaba de ponerse más interesante.

 

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