Durante la última década, América Latina ha avanzado de manera constante en su proceso de digitalización. Paso a paso. Sin grandes fuegos artificiales, pero sin pausa. Sin embargo, la irrupción acelerada de la inteligencia artificial —desde los modelos generativos hasta la emergente IA agente— ha cambiado por completo el tablero. No es una mejora incremental. Es un punto de inflexión. Y se nota.
El crecimiento exponencial de los datos, la necesidad de analizarlos en tiempo real y la presión cada vez mayor por reducir los costes energéticos han dado lugar a un nuevo megaciclo tecnológico: el de la computación de alto rendimiento, o HPC, aplicada directamente a la inteligencia artificial. Lo que estamos viendo es comparable, por su impacto estructural, a lo que supuso en su día la adopción de la nube o la virtualización. Pero esta vez el alcance es aún más profundo, especialmente en infraestructuras críticas.
Arquitecturas optimizadas para IA y HPC
Las arquitecturas tradicionales, pensadas para cargas de trabajo generales, simplemente ya no dan la talla. Fueron diseñadas para un mundo distinto. El entrenamiento de modelos a gran escala, la inferencia avanzada y las simulaciones científicas exigen una integración mucho más afinada entre CPU, GPU, memoria y redes de alta velocidad. No basta con “más potencia”. Hace falta equilibrio.
Cuando estos procesos se ejecutan en plataformas no optimizadas, el consumo energético se dispara. Y con él, el coste total de propiedad. En mercados latinoamericanos, donde cada dólar invertido en tecnología debe justificar su retorno, esta variable es especialmente sensible. Economías como Perú, por ejemplo, necesitan eficiencia real, no promesas técnicas. La competitividad depende de ello.
En este contexto, los procesadores AMD EPYC de quinta generación se han consolidado como uno de los pilares del centro de datos moderno. Su alta densidad de núcleos, el amplio ancho de banda de memoria y su eficiencia por vatio permiten orquestar cargas de IA y HPC de forma equilibrada. No se trata solo de alimentar GPUs; estos procesadores gestionan datos, almacenamiento y redes con una lógica integral que impacta directamente en la escalabilidad y en el TCO.
Complementando este papel están las GPUs AMD Instinct MI300, junto con la hoja de ruta MI400 presentada en el CES 2026. Estas arquitecturas están diseñadas específicamente para cargas intensivas de IA y computación científica. Ofrecen alta densidad computacional y una eficiencia energética que, hace no tanto, estaba reservada a superordenadores de clase mundial.
En América Latina ya se ven ejemplos concretos. Infraestructuras públicas de supercomputación han sido modernizadas, multiplicando su capacidad de procesamiento sin disparar el consumo energético. Ese equilibrio es clave. Porque no se trata solo de tener más potencia, sino de sostenerla en el tiempo. Y cuando eso ocurre, el impacto es directo: más investigación, más innovación, mejores servicios críticos.
El rol clave del software abierto
Pero sería ingenuo pensar que este megaciclo se sostiene únicamente con hardware. No funciona así. El software abierto juega un papel estratégico. Sin él, la infraestructura pierde flexibilidad y soberanía.
La plataforma AMD ROCm, actualmente en su versión 7.2, permite ejecutar frameworks como PyTorch y TensorFlow sin depender de ecosistemas propietarios. Eso significa libertad tecnológica. Y en mercados donde la optimización de costes y la autonomía son factores estratégicos, esa libertad no es un detalle menor.
Según la información presentada por AMD en el CES 2026, ROCm registró un crecimiento de hasta diez veces en descargas interanual y duplicó su soporte en CPU Ryzen y GPUs Radeon durante 2025. Esa adopción no ocurre por casualidad. Responde a una necesidad real del mercado: infraestructuras abiertas, eficientes y sostenibles.
En países como Argentina, donde la soberanía tecnológica y la eficiencia presupuestaria son temas estructurales, el software abierto se convierte en una ventaja competitiva tangible. Y el impacto ya es visible en sectores clave como banca, telecomunicaciones, minería, comercio minorista y sector público. La posibilidad de ejecutar IA a gran escala, optimizar procesos y tomar decisiones basadas en datos en tiempo real redefine la competitividad empresarial.
El acceso a infraestructuras de alto rendimiento ya no es un lujo reservado a grandes corporaciones globales. Es un habilitador de crecimiento económico. Quien no lo entienda, simplemente se quedará atrás.
Estamos ante una transformación profunda. El megaciclo de la computación de alto rendimiento no es una moda pasajera ni un eslogan de marketing. Es la base sobre la que se construirá la próxima década de innovación. Las organizaciones que inviertan hoy en arquitecturas equilibradas, eficientes y abiertas estarán mejor posicionadas para un futuro donde la inteligencia artificial no solo apoye al negocio, sino que se convierta en su principal motor de competitividad y desarrollo sostenible.
Fuente: HD tecnológia
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